
CUANDO PIENSO EN TI, FLORES CRECEN EN MI TUMBA
Su pelo está cuidadosamente recogido hacia atrás y se anuda en la nuca con un lazo de tul blanco.
La cicatriz de ocho centímetros en su frente está cubierta por varias capas de maquillaje y es apenas apreciable.
Las manos reposan sobre su vientre,frías y violáceas.
Una lágrima asoma en el abismo del ojo izquierdo, como si el cuerpo estuviera exprimiendo su última gota de calidez.
El dolor la está descomponiendo por dentro, el dolor de verse fuera de su cuerpo, ahora inerte.
Siente el arrepentimiento de no haber contemplado a la muerte como parte de su vida, ahora la muerte la contemplaba a ella con todos sus ojos.
Recordaba cada mañana levantándose para trabajar esperando simplemente no perder el autobús, que su jefe no tuviera un mal día
y esquivando las mierdas de perro por la calle.
Uno de esos días fue cuando conoció a Joe.
Todas las mañanas en el autobús se miraban haciendo suposiciones y adivinanzas el uno sobre el otro,
se miraban los zapatos que llevaban ese día o si habían salido con prisa por el peinado
descuidado o el pelo grasiento. Un día, Joe decidió no sentarse en frente de ella si no a su lado.
Cogió decidido su mano temblorosa y la apretó contra su entrepierna palpitante.Su corazón le apedreaba las costillas.
Ambos se miraron, se rieron y no se separaron nunca más.
Se estremecían,tintineaban y se contoneaban como cerillas ardientes en la noche, sintiendo
que ni el viento ni la marea las apagaría jamás.
Se jactaban de la muerte, rascando como a la espera del momento en que esta levantara
su mano inquisidora. Se olvidaban de la materia que nos forma y nos deforma,
se olvidaban de que no siempre se suda al hacer el amor, de que el aire puede dejar de salir y entrar en sus entrañas,
de que sus rodillas sostenían el peso de sus cuerpos.
La vida era divertida, estaba llena de vida con olor a muerte que es más divertida si cabe, pero tienes que
acordarte de ventilar la habitación de vez en cuando.
Al igual que todos estos recuerdos le venían a la mente, también recordó ese momento lleno de dolor en el que
su cráneo se astilló desgarrando sus sesos al impactar contra el asfalto.
Por qué le habían destrozado el cuerpo que le permitía vivir en esta vida, que le permitía tener un sentido a los ojos de la gente,
que le permitía ser, las partículas que la formaban mutaban en óbito y no podía hacer nada para evitarlo.
Ella yacía allí, irónicamente joven para siempre, tan bella y tan muerta.
La rabia que sentía era indescriptible; todos piensan en el dolor de los que lloran la pérdida de un ser querido, pero nadie
puede imaginar el dolor que sientes al ver llorar a los que te aman, verlos sufrir y sentir que ya no existes para ellos,
que has desaparecido para siempre de su vida, de su entendimiento.Ver como intentan borrarte para que no te conviertas en su
desgracia.
Cómo iba a demostrarle ahora a Joe que el cuerpo había muerto, pero que su amor seguía vivo como nunca.
Sólo se consolaba susurrándole por las noches, despertándole sobresaltado de sus pesadillas y haciéndole
llorar de desesperación. Pero no podía evitar atormentarle noche tras noche, quería hacerle saber que estaba ahí
que estaba viva, que le quería. Pero su vida profusa, estaba arrastrando a la muerte a Joe.
Volvía errante cada noche a su tumba, colérica, pensando que Joe la echaba de menos y sufría muchísimo, pero
no la añoraba realmente a ella, egoístamente solo echaba en falta su calor, su tacto, su olor, sus buenos días, su número en el móvil;
ahora no tenía nada que ofrecerle, solo era para él un escalofrío, un eco del pasado.
Cada noche plantaba la semilla de una flor en su nicho con la esperanza de que cuando florecieran Joe entendiera
que era una tumba llena de vida, que brotaba de la tierra suplicante.
Las flores crecieron y Joe no podía ver tanta belleza y vigor irradiando de la muerte, no podía soportarlo.
Intentaba descifrar todo lo que sentía y escapaba a su entendimiento,pero no veía nada, el abismo le avasallaba.
Entre lágrimas, bailó y bebió toda la noche sobre la tumba de su amada, aullando desafiante hasta desfallecer jadeante
sobre ese manto de flores que le abrazó haciéndole sentir patético.
La muerte afila su navaja y despunta al amanecer.
Joe abre los ojos y enardecido, empuña la botella y la estampa contra la lápida, sembrando trozos de vidrio a su alrededor.
Coge uno de ellos y corta la piel de sus muñecas y antebrazos, el frío de la aurora le adormece los sentidos. Se tumba a contemplar
los gorriones en bandadas gritando al aire.
Su sangre riega las flores dando vida a su muerte.
C.MoUNE