ME GUSTA, HAZTE FAN, FOLLOW ME.

Uno cree que no tiene ningún tipo de problema cuando se sienta, inocentemente, frente al ordenador nada más levantarse. Te tomas el Cola-Cao/zumo/café con la mirada clavada en la pantalla de inicio de tu Facebook, mientras observas hipnotizado todas las cosas que te has perdido mientras dormías. Empiezas a sentir que estás fuera del mundo. Hasta que no leas todo lo que han publicado tus amigos no volverás a ser persona.
Miras el reloj con el único fin de comprobar que efectivamente vas a llegar tarde al trabajo. Te metes corriendo en la ducha, te lavas los dientes, te vistes y te vas. Ya tendrás tiempo en el Metro de ir actualizando tu Twitter desde el iPhone/BlackBerry. En los 20 minutos que dura tu trayecto hasta el trabajo te va a dar tiempo a comentar con tus ‘followers’ las ojeras de la señora de enfrente, el olor a sobaco del que tienes a tu izquierda y lo aburrido que fue el capítulo de tu serie favorita anoche.
Llegas al trabajo apurando el último cigarro. Subes corriendo para no encontrarte a tu jefe en el ascensor, porque si te ve sabrá que estás llegando tarde y la excusa de que el Metro se paró ya no va a colar. Hueles que se te va a caer el pelo. Tu adicción a las redes sociales no sólo te hace llegar tarde sino que además te convierte en un mentiroso compulsivo.
Te sientas en tu escritorio y enciendes tu ordenador. La página de inicio de Safari te delata. Facebook otra vez. Y así continúas tu espiral de autodestrucción y mandas a la mierda tu escasa productividad y con ella la de tu empresa. No sólo porque tú estés en esa mierda metido, sino porque el 80 % de tus compañeros de oficina están en lo mismo.
Pasan 8 horas, tu jornada se acaba y no has hecho prácticamente nada. Tu mañana se resume en 10 comentarios en las fotos de tus últimas vacaciones, 2 publicaciones en el muro y 3 solicitudes de amistad aceptadas. Una de ellas es una antigua compañera de instituto de cuando vivías en Palencia. Te gustaba y tú a ella por lo que el tono de los mensajes de “reencuentro” tienen toda la carga pastelosa de cuando compartíais pasillos de instituto.
Sales del trabajo y te vas a casa de tu novia. En el tiempo que aprovechas para ir a mear, ella husmea tu iPhone/BlackBerry. Te ha cazado. Ha leído los mensajes que le escribiste hace dos horas a la de Palencia y te quiere mandar a la mierda. Una marea de “no es lo que parece”, “hace años que no la veo”, “trataba de ser amable”, etc. no consiguen convencer a tu chica, que te pide que cierres tu perfil de Facebook. Es el fin.
Tu adicción a las redes sociales te está jodiendo en el trabajo y en tu vida amorosa, así que te planteas si de verdad merece la pena. Has tomado la decisión de mandarlo a la mierda, pero antes de cerrarlo, vas a sucumbir al placer de poner un último estado: “Me voy”.